|
|
|||||||||||||||||||||||||||||||
|
montando a lo sucio y sin pudores Agaché la cabeza y carraspeé incómodo ante las imágenes que se nos mostraban en aquella pantalla de televisión. Un calor inusitado comenzó a invadir mi vientre y, sobre todo, mi entrepierna, no quedándome más remedio que aflojarme el cuello de la camisa así como el nudo de la corbata. Me deshice de la americana intentando no delatar mi agitación y me remangué las mangas de la camisa. —¿Tiene calor, señor Márquez? —me preguntó Fernando, el instructor. —La verdad es que la calefacción está un poco alta —excusé mi nerviosismo. La chica rubia sentada a mi lado, a la que me acababan de presentar como psicóloga y compañera de equipo me sonrió igualmente cohibida. —Bueno. Pónganse cómodos porque les será necesario. El vídeo dura un poco y así conocerán a los chicos y el trabajo que deben realizar. Hoy mismo empiezan los entrenamientos y queremos prepararles a ustedes para que no se lleven a engaños. Sé que es muy crudo, pero por sus perfiles les consideramos los mejores candidatos para ocupar ambos puestos —habló el hombre francamente—. Los contratos están sobre esa mesa —nos indicó una pequeña mesita a nuestras espaldas—. Si tras ver el vídeo están seguros de que quieren trabajar con nosotros, levántense y fírmenlo. De no ser así, les ruego que sean claros, abandonen la sala y no pierdan su tiempo. Ni nos hagan perder el nuestro —puntualizó sonriente. Y acto seguido giró su cabeza para que prestáramos atención a las imágenes. En aquel monitor aparecía un montaje de vídeo en el que todo un bombardeo de imágenes del proceso de selección de los tres representantes españoles se desplegaba sin ningún miramiento. Eran unas imágenes realmente crudas, para estómagos muy preparados, que se recreaban en el sufrimiento y el salvajismo de forma descarada. Ver las muecas de dolor y placer de aquellos hombres, sus pieles sudadas y enrojecidas; escuchar los desgarradores gemidos, jadeos y demás sonidos guturales; grabar a fuego en la memoria las auténticas perversiones que esos jóvenes estaban dispuestos a soportar con tal de ser uno de los elegidos. El proceso, según nos había informado Fernando, el instructor, había durado cuatro días en los que se llevaron a los semifinalistas a un hotel de la Costa Brava, en donde, a lo largo de cuatro intensas sesiones, tres especialistas en esta materia y el propio Fernando fueron descartando chicos hasta sólo quedarse con los tres finalistas. Por lo visto, aquel proceso de selección era un juego de niños comparado con lo que se encontrarían más adelante. De ahí que tuvieran que entrenarse a fondo en el poco tiempo que quedaba antes del campeonato. Las imágenes mostraban cronológicamente lo ocurrido en esos cuatro días. El primer día se dieron las tres primeras pruebas, consistentes en detectar la técnica de cada aspirante. Se quería ver cómo dominaban sus bocas, sus culos, sus pollas, el resto de sus armas y sobre todo su imaginación. Oral, anal pasivo y anal activo. Las calificaciones eran decisivas. El segundo día, la prueba colectiva. Una orgía en la que debían demostrar y establecer sus roles y comportamientos dentro del grupo, planteando sus propias estrategias y alianzas con el fin de sobresalir respecto a los demás. El tercer día ya quedaban pocos, teniendo que enfrentarse a una auténtica maratón, recibiendo rabos enormes por todos los agujeros, sin parar, durante dos horas y cuarto cada uno. Y por si este ejercicio de fondo no fuera suficiente, el cuarto y último día, se enfrentaban a la más extenuante de las pruebas, en donde, entre otras cosas, eran atados y sometidos a todo tipo de prácticas bastante cañeras. Los golpes volaban sobre sus cuerpos, sus culos se dilataban hasta alojar en su interior al menos un puño, siendo trepanados después por gigantescos vibradores, empapados de lluvias dorados, llenando sus abiertas bocas del líquido caliente y amarillo. Una auténtica tortura. Casi llegando al final del vídeo vi como la chica sentada a mi lado se levantaba repentinamete. —Creo que no voy a poder con esto —susurró azorada, recogiendo su bolso y chaqueta. —Señorita Ríos, por favor —le rogó el instructor—. Le pido de corazón que valore esta oportunidad. —Créame que lo valoro —respondió ella—, pero es algo descabellado. ¡Es de locos ver a lo que se están sometiendo estos chavales! —Lo han hecho voluntariamente —recalcó Fernando—. Nadie les ha obligado… —Ya, pero… —intentó ésta buscar una excusa. —Pensaba que con sus antecedentes, señorita Ríos, tendría este tipo de prejuicios más que superados. —¿Perdone? —pareció entender mal la chica. —Sí. Me refiero a que una profesional del sexo como es usted debería estar más o menos acostumbrada a este tipo de menesteres. Ella, ofendida e indignada, me miró sin saber qué decir. —Pensé que esa información era estrictamente personal. No era necesario compartirla con nadie —se quejó refiriéndose a mí. —Vamos, hombre. No se ponga así porque el señor Márquez conozca su medio de sufragarse los estudios. Estamos en confianza y formaremos un gran equipo. A su favor debo decir que el señor Márquez disfruta enormemente con un rabo bien gordo en lo más hondo de su culo. Y diciendo esto, ya ambos saben algo personal del otro. Quedan en igualdad de condiciones. Al oír aquella brutalidad sobre mí, mis ojos se abrieron como platos e intenté decir algo, pero me había pillado tan de sorpresa que simplemente miré la cara burlona del instructor y permanecí en silencio. En ese momento, la chica rubia soltó una sonora carcajada y se dejó caer de nuevo en la silla. —Lo siento. Lo siento —se disculpó, sacando un pañuelo de papel de su bolso para secarse la ligera película de sudor que había aparecido en su frente—. Me siento un poco incómoda con todo esto. —Yo entiendo que sea raro —habló Fernando—, pero es un negocio como otro cualquiera. Esta claro que esto no es pornografía ni nada que se le parezca. Es sexo puro y duro. Es sexo realmente fuera de lo común. Pero al fin y al cabo ese campeonato es un negocio. Hace mucho tiempo que yo dejé el mundo del porno —se sinceró el hombre, dejando en pausa la película, que casi había llegado al final—. Y si a usted señorita le apetece ganarse un dinero prestando su cuerpo o al señor Márquez le gustan las pollas gordas no soy quién para juzgarles, porque posiblemente yo haya hecho cosas peores. —¿Ah, sí? —le interrogó curiosa. El hombre soltó una carcajada. —Por supuesto que sí. Si me han ofrecido el puesto de instructor y jefe del equipo es porque sé muy bien en el terreno en que me muevo, señorita Ríos. Y para que vean que yo también me comprometo personalmente con ustedes, les contaré que una vez, por lo que actualmente serían 50.000 dólares, en una enorme mansión cerca de Miami dejé que tres enormes perros me follaran el culo hasta dejarme destrozado. —Mi polla dio un respingo dentro del pantalón al oír aquello, a la par que se me erizó el vello con un poco de asco. Lo mismo que le ocurrió a la mandíbula de la chica, que cayó presa de la gravedad y el asombro—. Como lo oyen —recalcó el hombre—. Primero me follaron dos pastores animales y para rematar la faena me trajeron un rottweiller, con unos nabos que tenían que ya les gustaría tener a muchos actores porno. —¿De verdad hizo eso? —pregunté anonadado. —Eso y cosas peores —nos guiñó un ojo—. Pero gracias a ello pude montar mi productora de televisión y retirarme de ese mundo. Ahora necesito el dinero, pues quiero saltar al negocio de la restauración. Sólo tengo que enseñar a esos chicos lo que es el sexo salvaje, y no parece tarea difícil, pues tienen madera. Lo que si será difícil será prepararles para ganar el campeonato y ser de los mejores del mundo. Por eso les necesito a ambos. Una psicóloga tan experta como usted —señaló a la chica— y un maravilloso representante de cara al resto de delegaciones como usted —me señaló a mí—. Sus currículos son arrolladores. Másters, idiomas, dobles carreras. Y en cuanto a experiencia laboral no digamos. Apenas han recién cumplido los 26 y están sobradamente preparados. ¿No entienden que les queremos en el equipo? —Bien —suspiró ella, se levantó algo más convencida, dio un par de pasos hacia la mesa y se inclinó para coger el bolígrafo y firmar el contrato. Entonces se volvió hacia mí con intención de pasarme el bolí—. ¿Firma usted también, señor Márquez? —me preguntó. Se me hacía raro que una chica de mi edad me tratara de usted, aunque había un cierto tono irónico en su voz. Me levanté de mi asiento, me acerqué y cogí el boli, observándola tímidamente. —Llámame Cristian —respondí. —¿Firmas entonces, Cristian? —repitió la cuestión. Titubeé un poco, pero finalmente me incliné también y garabateé sobre el papel. Me levanté de nuevo y le pasé el bolígrafo a ella. —Yo soy Paloma —me ofreció su mano para que la estrechara, cosa que hice. —¡Muy bien! ¡Así me gusta! —exclamó alegre Fernando, el instructor, tomándonos a ambos por los hombros y zarandeándonos—. Es el momento entonces de que conozcáis a nuestros representantes.
************************
Bajamos hasta el hall del hotel. Hasta unos sofás cercanos a la recepción, en donde se encontraba un grupo de chicos que aparecían en el vídeo. Reconocí a tres en seguida, pero la cara del cuarto no me sonaba de nada. —¡Buenos días! —saludó Fernando. —¡Buenos días! —respondieron ellos. —Os quiero presentar a dos nuevos integrantes del equipo. —¿También van a follar? —preguntó un chico que tendría mi edad. Era moreno de piel y de pelo azabache muy corto, delgado y con las facciones de la cara marcadas, en donde resaltaba una nariz grande y un poco puntiaguda. Era muy guapo. Un macho español del sur, pues su acento era indiscutiblemente andaluz. —No. Ellos nos darán soporte durante los días que estemos en Bratislava —explicó Fernando. —Pues es una pena —añadió el guapo morenazo. —Y os informo de que son intocables. No les podréis tocar ni un pelo. Ni a la señorita Ríos ni al señor Márquez, ¿entendido? —Claro, míster. No hay problema —sonrió el parlanchín andaluz, guiñando un ojo. Le había visto follar en las imágenes. Aquel chaval era un león follando, moviendo sus caderas adelante y atrás como una fiera. Además de que tenía un rabo siempre durísimo, dispuesto, bien compensado en largura y diámetro, con dos preciosos y voluminosos cojones que colgaban bastante y azotaban el culo de todo aquel al que se follaba. Estaba depilado y su culo… Era estrechito y duro como la piedra, bien pulido en el gimnasio. —Bueno, éste tan hablador —nos indicó Fernando— es Álvaro, de Málaga. Él es Ignacio, de Avilés, Asturias —señaló al chavalín jovencito, que no tendría más de 19 años, de apariencia tímida—. Él es Roger —dijo al tercero de los congregados. Un maduro que debía de acercarse casi a los cuarenta, con melena castaña y recogida hacia atrás en una coleta—, de Tarragona. Y éste último no participa, pues es nuestro asistente y se llama Charli. Además. Es mi hijo —nos dijo Fernando henchido de orgullo. La verdad es que aquel hombre era una caja de sorpresas. Primero nos dice que se dedicaba al cine porno homosexual y bisexual, y ahora resultaba que tenía un hijo al que tenía como asistente en tan descabellada empresa como era aquella. El caso es que Fernando les explicó bien cuales iban a ser nuestras funciones. Yo, como buen licenciado en derecho y ciencias políticas, me dedicaría a relacionarme con el resto de delegaciones participantes en el campeonato, así como a rellenar todos los formularios y tener en regla todos los papeleos. Por su parte, Paloma, iba a enseñarles a los chicos todo tipo de técnicas para sobrellevar lo mejor posible la tensión que sufrirían durante la competición y prepararles para cualquier cosa. Hechas las presentaciones, nos dispusimos a hacer las primeras cosas. Fernando nos entregó unos dossieres con toda la información sobre los tres seleccionados: Álvaro, Ignacio y Roger. Así como sobre él mismo. Ya que nunca venía mal darse publicidad a uno mismo en un evento como aquel que iba a acontecer. No había que olvidar que Fernando en su tiempo había sido un actor muy demandado en un tipo de cine porno que no entraba dentro de los cánones morales de esa industria, así como dentro de los canales de distribución comercial del género. Tras esa breve reunión pasé el resto de la mañana encerrado en mi habitación, estudiando la ficha de aquellos cuatro hombres. Pedí al servicio de habitaciones que me subiera algo para comer y matar así el hambre mientras no quitaba ojo a los dossieres. Nada más empezar, ya me había desecho del traje y andaba tan sólo con mis calzoncillos largos y sueltos de cuadraditos azules, tumbado sobre la cama. Desperdigados sobre las sábanas estaban los papeles con la información de las calificaciones obtenidas en la selección, así como un par de fotos de cara de cada uno. Mi polla estaba gorda y dura. No podía borrar de mi mente las escenas de aquel vídeo. Un morbo enfermizo me recorría el estómago al pensar que iba a trabajar teniendo como compañeros a aquellos dioses del sexo. Incluido Fernando, el instructor. Cerré los ojos y me acomodé en la cama, semitumbado, con la almohada doblada sobre la espalda, apoyada sobre el cabecero. Me recosté y cerré los ojos, paseando mi amplia mano por mi pecho y vientre, en donde mi ralo vello, rubio y corto, que tan sólo crecía en el centro de mis pectorales y bajaba hasta mi ombligo, cosquilleó en la palma de mi mano. Acaricié mis duras tetas y mis abdominales. Al momento atrapé mi hinchado cipote y lo estrujé por encima de la fina tela de mis calzoncillos. Estaba como una locomotora. Me la saqué y la puse firme, meneándola en el aire. Ensalivé mis dedos y humedecí mi capullo, retirando hacia atrás el grueso pellejo que cubría la gorda cabeza de mi polla. Suspiré de gusto. Estaba muy excitado. Demasiado. Por eso me vendría bien hacerme un buen pajote. Pero repentinamente fui interrumpido por unos golpes en la puerta. Me levanté rápidamente y corrí hasta el baño a ponerme el albornoz que había allí. —¿Sí? —pregunté. —Hola —saludó una voz joven y varonil desde el otro lado de la puerta—. Soy Charli. ¿Estás ocupado? —No. No —respondí abriendo la puerta. El chico me miró y sonrió amable. —Mi padre me ha pedido que te avise porque va a empezar el entrenamiento con los chicos y le gustaría que estuvieras presente. Dice que esto también será un buen entrenamiento para ti. Por lo que te puedas encontrar en Bratislava, supongo —parloteaba el chico algo nervioso—. Paloma le ha pedido la tarde libre y no vendrá, pero bueno, por si tú querías asistir. —Sí, claro —acepté—. Entra mientras me cambio —le invité a pasar. Volví rápidamente hasta la cama, me deshice del albornoz y comencé a vestirme. Charli estaba a mi espalda, observando como me metía el pantalón y empezaba a subírmelo. Tenía una sonrisa afable en la cara. —Es un poco extraño todo esto, ¿verdad? —preguntó. —Sí. Lo es. Es muy extraño. Pero como dice tu padre, es un trabajo como cualquier otro. —Sí —asintió el chico con la cabeza. Cogí mi camisa y metí los brazos por las mangas, colocándome el revoltoso cuello. —Estás cachas —contempló el muchacho mi pecho—. Tienes un cuerpo muy bonito. —Gracias —me ruboricé, abrochándome los botones a toda prisa. —¿Crees que esos chicos tienen posibilidades de hacer algo en el campeonato? —preguntó, pero me encogí de hombros, no sabiendo que contestar—. Yo no estoy muy seguro, aunque sé que mi padre les va a enseñar bien. Es uno de los mejores, ¿sabes? —Algo me han comentado —sonreí, sentándome en la cama para ponerme los calcetines y los zapatos—. ¿Y cómo llevas tú que tu padre se dedique a esto? —Muy bien. Así podremos abrir un hotel con restaurante. Lo teníamos pensado desde hacía mucho tiempo. Además. A mi padre siempre le ha ido mucho la marcha. Sé que un poco sí que echa de menos todo este mundillo del sexo desenfrenado y tal. —Lo tomas como algo muy natural —opiné—. Eso está bien. —Claro, ¿por qué no iba a estarlo? Estoy muy orgulloso de lo que ha hecho mi padre. Y si no ya lo verás ahora. Ha hecho cosas que muy poca gente hace, le pagaban millones por rodar un par de escenas. No lo sé. Es un héroe del sexo. —¡Vaya! No pensé que fuera para tanto —me rasqué la cabeza—. ¿Y qué cosas ha hecho? —El chico se carcajeó ante la pregunta. La verdad es que tenía curiosidad por conocer más cosas de aquel extraño tipo y de la relación con su hijo. —Quizás no te guste saberlo. —Hombre, si tu padre va a ser mi jefe, lo más adecuado es que lo sepa, ¿no crees? —Puede que tengas razón —concedió Charlie dubitativo—. Pues no sé. Recuerdo cuando vi su primera película. Me la mostró él. Se sentó conmigo en el sofá cuando tenía 12 años y me enseñó una película muy normal en la que salía follando con un tío muy potente. Aquello fue el principio. Conforme pasaban los meses yo ya estaba esperando a que mi padre me enseñara otra de sus películas, las cuales guardaba con gran recelo. Te puedo decir que me he echado a temblar en muchas, con alguna he llegado a vomitar de la impresión y en la mayoría he acabado con un calentón tremendo. —¿A pesar de que era tu padre el que salía en la película? —pregunté alucinado. —Sí. Es mi padre, pero sé que es su trabajo. —Charli suspiró —¿Estás listo? —dijo el chaval. —Sí, vamos —contesté algo confuso.
Pero no. Para nada estaba listo. No estaba preparado para lo que iba a ver. Entramos en la habitación de Fernando, en donde iba a comenzar aquello a lo que le llamaban entrenamiento. Éste nos abrió la puerta sonriente. —Pasad. Íbamos a empezar ahora mismo —explicó. Le seguimos hasta el interior de la habitación. Sólo estaba él y Álvaro, el chico de Málaga, sentado sobre la cama. Nos miró a Charli y a mí y nos hizo un movimiento con la cabeza para saludarnos—. Bien. ¿Estás preparado, Álvaro? —le preguntó Fernando al chaval. El chico asintió—. Pues empecemos entonces —dijo el instructor yendo detrás de una videocámara instalada sobre un trípode—. Sentaos en esas sillas —nos indicó a Charli y a mí—. Empieza a desnudarte, Álvaro —ordenó al andaluz— y tócate el paquete mientras lo haces para que se te ponga gorda. —Eso está hecho, míster —sonrió el chaval, y de un golpe se sacó la camiseta, mostrándonos su depilado y moreno cuerpo, delgado y con los pectorales, los bíceps y los abdominales marcadísimos. Acto seguido tiró de sus pantalones de chándal y dejó al aire sus fibrosas piernas sin vello y su paquete dentro de un slip algo suelto en el que reposaba su gordo y largo cipote todavía morcillón. —Muy bien —dijo Fernando—. Sóbate el paquete y ahora quítate el calzocillo. —El chico obedecía. Se sacó el slip y su pollote saltó fuera, con el capullazo cubierto por un grueso pellejo. Charli giró su cuello y me lanzó una sonrisa al ver mi cara atenta—. La tienes gorda, eh, cabrón —dijo el instructor en un tono cachondo, desde detrás de la cámara. Aquellas palabras hicieron que mi polla se endureciera. —Sí —susurró el malagueño, mordiéndose el labio inferior. —Muy bien. Pues esto va a empezar entonces —habló Fernando. El instructor, aquel casi cincuentón que vestía unos pantalones vaqueros y una camisa blanca desabrochada casi hasta el esternón y por donde asomaba un ralo vello que ocupaba todo su pecho, se acercó a Álvaro, que le miró con una expresión de calentura indefinible. Fernando era un maduro atractivo al que empezaba a clarearle su pelo entre castaño y pelirrojo en la zona de la frente, que tenía sus gruesos labios enmarcados en una bonita y cuidada perilla y bigote, y que tenía toda la pinta de ser una bestia parda follado. Tenía curiosidad por saber la clase de polla que tenía. Me la imaginaba descomunal, con grandes venas surcándola y con un capullo tremebundo. Fernando agarró el pepino de Álvaro, estrujándolo con su mano grande y de textura callosa. El chico soltó un gemido al notar como el instructor apretaba con mucha fuerza. Comenzó a pelárselo, tirando hacia atrás del grueso pellejo y descapullándole el glande. Pero cuando estaba descapillado del todo, Fernando siguió tirando del pellejo poniendo el capullo del andaluz en tensión. Cuando comenzó a hacerle daño, Álvaro arrugó la nariz y gritó, pero sin decir nada todavía. —¿Te duele, puta? —le preguntó Fernando. —Sí, cabrón. Me duele —escupió Álvaro. —Muy bien —le dio unas palmaditas en la cara, liberando la polla del chico—. ¿Quieres que me desnude y que empecemos con lo fuerte? —Lo estoy deseando, míster. —Pues prepárate porque cuando veas mi polla querrás salir corriendo.
|
|